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¿Por qué te quedaste?

E ra sábado de noche, en el campamento de la UEP-Campus Gutenberg todos estaban de gala para homenajear a los del último año. Diana, quien me llevó al campamento, se retiró esa tarde y me quedé prácticamente sola. No conocía a nadie y sólo había hablado con dos personas del tercer año de Trabajo Social. Hasta que por fin, mi compañero notó que yo existía y
me dijo:

¿Por qué te quedaste?

Siete años atrás, luego de dos cirugías mayores debido a un cáncer de ovario me hacía llamar “de religión: agnóstica”. Mi vida siguió con una tercera cirugía mayor en el año 2012, más ocho meses de terapia para salir de una obesidad mórbida. Más lumbalgia y unos zumbidos en el oído derecho que me acompañarían para toda la vida. Año 2014, que no eran simples zumbidos y mareos, que era un tumor en el cerebro, que no hay tratamiento en Paraguay, que tengo que ir a otro país, que tengo que hacerlo todo sola, que ¿dónde está Dios? y desde entonces me hice llamar: “de religión: atea”. 2015, siniestro total, ahora sí muero, que no muero, que era el cinturón de seguridad cumpliendo su función, y así me quedé sin auto.

Ataques de pánico me llevaron a consultar con un médico. Dejé el segundo semestre a finales de agosto, no podía seguir trabajando y me volví fármaco dependiente. Así no se puede vivir. Tres meses sin hacer nada. Mamá, ayúdame. La ayuda no llegó. Quiero volver a la facultad, me inscribí en diciembre, pero, con la mezcla del vodka con clonazepam no voy a poder aprender nada. La facultad me salvó.

Febrero 2016, “gracias a Dios” conseguiste trabajo rápido. No, mamá, Dios no existe (algo me golpea en el pecho). En mayo, ¿Dios, dónde estás? Mirá esta nube negra. En julio, soy repugnante, no tengo amigos, no quiero conocer a nadie, la nube negra se convirtió en una montaña, duermo poco, la vida es injusta, nada tiene sentido. Lloro de ida a la parada de colectivos, lloro en el colectivo, y en mi corazón, un diluvio. Ando como Job, el de la Biblia: Iba hacia al este, pero Él no estaba ahí. Hacia al oeste, pero, no lo podía encontrar. Tampoco lo veía al norte, ni al voltear hacia el sur. Dios no existe (algo me golpea en el pecho).

Te va mejor en el trabajo ¿Sos feliz? -No. Te va bien en la facultad ¿Sos feliz? -No. Me quiero morir, la nube-montaña me ahoga. Septiembre, Dios no está en ningún lado, tengo que ir al campamento. ¿Qué? Tengo que ir al campamento… -confusión. Me quiero morir y papá tenía un revólver en algún lugar de su armario. No voy a dejar nota ¿para qué? No hay nada que decir. ¿Dónde está el revólver? No importa, voy a comprar uno en la casa de empeños o se lo alquilo mañana al guardia, es domingo, me mato el  jueves.

No me maté el jueves, pero, sin esperanzas fui al campamento ese viernes, sentía que debía ir, no sé por qué, pero me dejé llevar, ni siquiera el tema tenía que ver con lo que necesitaba: era Agradando a Dios en todo lo que Hacemos, ¿Dónde encontrar a Dios?. Todos ahí, o la mayoría, ya lo habían encontrado, menos yo.

Ese sábado en el campamento, bien entrada la noche, me acerqué a un grupo pequeño de personas, me senté cerca y sentí como si estuviera en casa, más en casa que en mi propia casa. Solo conocía a esas personas de vista, pero, se sentía a hogar, se sentía a como cuando estaba en clases, segura, protegida, aceptada. Será la desesperación, pensé, porque Dios no existe (algo me golpea en el pecho).

Antes de dormir la pregunta de mí compañero regresó con todo ¿Por qué te quedaste? Y durante toda la mañana siguiente, la misma pregunta seguía como un disco rayado en mi cabeza.

Hasta que subimos al colectivo para regresar y lo vi. Lo vi a Dios en el corazón de las personas. Estaba también en las sonrisas de esos extraños. Y me di cuenta de que no los conocía a ellos, y por lo tanto, tampoco lo conocía a Él, quién también me sonreía. El corazón se me inundaba y en la garganta se me formaba un nudo con el que intentaba atajar el llanto. Vi a Dios en las personas que lo habían recibido.

Llegué a casa y lloré. La nube-montaña había desaparecido por completo. Un sol-esperanza reemplazó su lugar y yo ya no quería morir. Necesitaba conocerlo a Él, quería conocerlo a Él, entenderle, hacerle parte de mi vida, que sea mi vida. Sentí amor, un amor que me hacía tanta falta, un amor tan seguro, tan fuera de este mundo.

¿Por qué me quedé?

  • Porque Dios me ama tanto que quería que lo viera. Porque no dejó que me llevara la enfermedad, ni me destruyera el siniestro del auto y hasta escondió el arma de papá.
  • Me quedé porque Dios quería que aprendiera a perdonar y a sanar las relaciones con mi familia.
  • Me quedé porque Dios, desde ese día, hace que sienta su enorme amor a través de las hermosas personas que puso en mi camino, personas con el corazón lleno de su espíritu, a quienes acudo con preguntas, para que lo vaya conociendo mejor.
  • Me quedé porque Dios me mostró que mi vida sí tiene sentido, porque aún dentro de la incertidumbre, me inunda una fe firme hacia ese propósito que estoy segura, se revelará en Su tiempo perfecto.
  • Me quedé porque Dios quiere que sea feliz, porque cuando soy feliz, a Él le agrada y sonríe.

Cecilia Duarte – Estudiante del  1ro. FALEVI

Este artículo fue publicado originalmente en LOGOS, el organo informativo del Campus Gutenberg. Para leer la revista completa, click aquí.